"Para que  los jóvenes del continente africano tengan acceso a la educación y al trabajo en sus propios países”." 

 

                                                                                                Papa Francisco - Septiembre 2018

 

 

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO 

II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES 

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018

 

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

 

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

 

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

 

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

 

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

 

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

 

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

 

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

 

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal31,8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

 

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

 

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

 

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

 

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasadoMuchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [....] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

 

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

 

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

 

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

 

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

 

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

 

Vaticano, 13 de junio de 2018 
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

 

Francisco

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Carta Pastoral con motivo del inicio del I Sínodo de la Arquidiócesis de la Santísima Trinidad de Buenos Aires 2017-2020

Una Iglesia sinodal está mejor preparada para salir a evangelizar

Queridos hermanos en Cristo: Llego a ustedes con estas líneas para anunciarles el comienzo del Sínodo Arquidiocesano, el cual, con la Gracia de Dios, lo iremos desarrollando en el trienio 2017-2019. De esta manera nos preparamos para celebrar el Jubileo de los 400 años de vida de nuestra Arquidiócesis de la Santísima Trinidad (1620-2020).

Ven Espíritu Santo y danos un corazón nuevo,

que reavive en nosotros los dones

que de ti recibimos con la alegría de ser cristianos.

Un corazón nuevo, siempre joven y alegre.

Beato Pablo VI

 

Don, en tus dones espléndidos1

1. La solemnidad de Pentecostés, celebrada alegremente en nuestra liturgia, nos recuerda la misión del Espíritu Santo, quien lleva a su plenitud el misterio pascual: Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a la derecha del Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Como un fruto maduro del árbol de la Cruz, hoy se derrama sobre la Virgen María y los apóstoles el Espíritu Santo, que también es llamado Don, porque a todos nos ha sido dado. «Es el mismo Espíritu que, al nacer la Iglesia, dio a todos los pueblos el conocimiento del Dios verdadero y unió a las diversas lenguas en la confesión de una sola fe»2 .

2. El Espíritu Santo Don es el protagonista insustituible del Sínodo Arquidiocesano. A Él nos encomendamos confiados, porque lo reconocemos como el mejor amigo y compañero en el camino que emprendemos todos los bautizados de esta iglesia que peregrina en Buenos Aires. Lo necesitamos como el agua y el aire. Es impensable que no podamos contar con Él, «porque está presente en cada uno de nosotros, a la vez que no deja de estar todo él en todas partes. Por él, los corazones son elevados hacia lo alto, los débiles son llevados de la mano, los que ya van progresando llegan a la perfección; iluminando a los que están limpios de toda mancha, los hace espirituales por la comunión con él. Las almas portadoras del Espíritu y por él iluminadas se hacen ellas también espirituales e irradian a los demás su gracia»3 .

3. Lo invocamos con piedad de discípulos, porque así sabemos que «el Don de Cristo se pone por entero a nuestra disposición»4 y no quedaremos defraudados; cuánto más si nuestro único y apasionado deseo es servir a su Iglesia. Él estará con nosotros hasta que se manifiesten «un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia» (2 Pe 3,13).

4. Es oportuno recordar que la palabra «Sínodo» significa «hacer juntos el camino». ¿De qué camino se trata? Pues no es otro que la misma persona de Cristo, quien ha dicho: «Yo soy el Camino» (Jn 14,6). «Lo cual tiene una explicación muy verdadera, ya que por medio de él tenemos acceso al Padre… Si buscas, pues, por donde has de ir, acoge en ti a Cristo, porque él es el camino: Éste es el camino, caminad por él»5 . En la Iglesia de los primeros tiempos, los que eran atraídos por el Evangelio se identificaban como los «del Camino del Señor» (Hch 9,2; 18, 25. 26; 19,9. 23; 24,22).

 

Nuestro Sínodo a la luz del Magisterio del Papa Francisco

Iglesia y Sínodo son la misma palabra.

San Juan Crisóstomo

5. El Sínodo en Buenos Aires quiere sumarse al sueño del Papa Francisco: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación»6 .

6. Durante el Sínodo de la Familia –octubre de 2015–, el Papa Francisco pronunció un importante discurso sobre la sinodalidad. En esa oportunidad afirmó: «Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra “Sínodo”. Caminar juntos –laicos, pastores, Obispo de Roma– es un concepto fácil de expresar con palabras, pero no es tan fácil ponerlo en práctica»7 .

7. Fue entonces que el Papa nos recordó palabras del Concilio: «El Pueblo de Dios está constituido por todos los bautizados, “consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo”8 ». Al mismo tiempo que afirmaba: «…cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones»9 . Como el Sínodo de Buenos Aires quiere ser un renovado impulso evangelizador, el Papa Francisco nos ha hecho caer en la cuenta de que la totalidad de los bautizados, esto es, los más comprometidos y aun los que se han alejado por algún motivo, deben ser consultados a la hora de programar las acciones pastorales: «El camino sinodal comienza escuchando al pueblo, que “participa también de la función profética de Cristo”, según un principio muy estimado en la Iglesia del primer milenio: Lo que a todos concierne, debe ser tratado por todos» 10. Solo de este modo podemos encontrar los nuevos caminos que el Señor nos abre para sembrar su Evangelio entre los habitantes de nuestra querida ciudad.

 

8. «El camino del Sínodo prosigue escuchando a los Pastores»11. Para hacer camino en el Sínodo Arquidiocesano, contamos con la valiosa ayuda de los sacerdotes y diáconos, quienes, como pastores de un inmenso y variado rebaño, al frente de las comunidades, conocen de cerca las necesidades e inquietudes de sus fieles. Son los que en el ritmo cotidiano de la evangelización, toman el pulso a los reales desafíos urbanos de la gente. Comparten alegrías y sufrimientos, y llevan el consuelo de la fe a todos. Son, sin dudar, la voz autorizada para aportar al Sínodo sus necesarias reflexiones sobre las áreas más descuidadas de la pastoral urbana y es de esperar de todos ellos, que nos acerquen a las asambleas sinodales los rostros de familias y situaciones humanas que habrá que iluminar con una presencia más cercana de la Iglesia.

9. De igual modo esperamos la participación de los consagrados, quienes también «pastorean» a la grey porteña, al estar comprometidos con las obras de misericordia (pastoral de la salud, comunidades educativas, entidades dedicadas a la protección y cuidado de niños, jóvenes y ancianos, presencia en los lugares más pobres y vulnerables, etc.). Todos son necesarios en el camino sinodal, y si faltase alguno, perderíamos un valioso aporte para completar nuestra mirada sobre los desafíos que deseamos evangelizar.

10. En ese histórico discurso del Papa Francisco, nos sentimos muy tocados cuando afirmó que: «El primer nivel de ejercicio de la sinodalidad se realiza en las Iglesias particulares, conforme a la noble institución del Sínodo diocesano, en el cual presbíteros y laicos están llamados a colaborar con el obispo para el bien de toda la comunidad eclesial»12. Esta es la diócesis de la que fuera nuestro pastor, y ahora lo es de la Iglesia universal. Nos compromete su vibrante magisterio, que busca por todos los medios redoblar los esfuerzos para que los católicos retomemos el camino de nuestra vocación bautismal: «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. “Primerear”: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos»13. Pastores y ovejas de la Iglesia que vive y palpita en Buenos Aires, deseamos asumir estas orientaciones como obligado punto de referencia para nuestro camino sinodal.

 

Una evangelización ininterrumpida de cuatro siglos

Porque después de todo he comprendido

que lo que el árbol tiene de florido

vive de lo que tiene sepultado 14 .

11. En los humildes comienzos de la Diócesis de la Santísima Trinidad de Buenos Aires, reconocemos nuestros orígenes. En los umbrales de la evangelización, las diócesis de Córdoba del Tucumán, con sede en Santiago del Estero (año 1570) y la de Buenos Aires (año 1620), se dividían todo el actual territorio nacional, a excepción de las Provincias de Cuyo que formaban parte de la diócesis de Santiago de Chile (desde 1562 hasta 1807). Nuestra Iglesia local nació como una diócesis sufragánea de la arquidiócesis de La Plata (año 1595), con sede en Charcas –actual Sucre en Bolivia–, y nuestro territorio era inconmensurable, pues inicialmente comprendía las provincias de Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Buenos Aires hasta Tierra del Fuego (todas las provincias de la Patagonia), la parte oriental de Córdoba y Santiago del Estero, más todo el territorio del Uruguay y el Estado Brasileño de Río Grande15. Conforme pasaron los siglos, fueron surgiendo decenas de nuevos obispados, hasta que, elevada a Arquidiócesis (1865) quedó comprendida entre los límites de la actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires con la Isla Martín García.

12. Pero no importa tanto la extensión del territorio, cuanto la grandiosa obra misionera que nos llegó como rica herencia. Todo comenzó cuando en 1620 arribó a Buenos Aires el primer sucesor de los apóstoles enviado por el Papa Paulo V, el carmelita Pedro de Carranza y Salinas. En el tiempo colonial la vida cotidiana fue muy sacrificada e imponía una gran austeridad de medios. No obstante, a medida que llegaban las familias religiosas, se abrieron los conventos de franciscanos, mercedarios, dominicos y jesuitas, los que junto a un puñado de sacerdotes del clero secular, iniciaron una gigantesca empresa evangelizadora que tuvo a los pueblos originarios como a sus principales destinatarios.

13. En la antigua diócesis de Buenos Aires se multiplicaron los espacios pastorales donde convivían numerosos pueblos de misión –verdadera síntesis entre evangelización y promoción humana–, como las numerosas reducciones de los tupí-guaraní, y otras tantas parcialidades indígenas; parroquias de indios, hospitales, escuelas de primeras letras, estudios de enseñanza media y grandes universidades, hospitales, monasterios de monjas contemplativas –carmelitas, clarisas, capuchinas–, las que sostuvieron la misión con sus oraciones y Santas Casas donde se predicaban los Ejercicios Ignacianos16. En las grandes ciudades se levantaban bellos templos parroquiales, frecuentados por españoles, criollos, mestizos, negros y mulatos: un crisol de razas unidas por la fe, en una convivencia pacífica. Los pobres, enfermos y moribundos de todas las clases sociales eran asistidos con caridad y consolados con los auxilios de la religión. La siembra evangélica caló hondo. Desde los primeros pasos de la evangelización, «la Iglesia, con la predicación y el bautismo y los demás sacramentos, contribuyó a comunicar un espíritu cristiano y evangélico que penetró la raíz misma de la cultura en gestación. Cooperó así a humanizarla en la medida de las limitaciones de toda obra humana. Fue el aporte de la fe cristiana a la naciente cultura»17 .

14. Después del período independiente (Revolución 1810 - Independencia 1816), la Iglesia acompañó el proceso de la Patria naciente, a la vez que padeció el desencuentro de los argentinos durante años, no sin un deterioro de sus instituciones y capacidad pastoral. Ese estado de cosas duró varias décadas, y cuando parecían agudizarse las duras pruebas por una dirigencia reaccionaria a la fe, vino en su ayuda una providencial e inesperada visita. Como consecuencia de una colosal movilidad humana del siglo XIX, los inmigrantes que llegaron a nuestra tierra, no solo duplicaron el número de habitantes en pocos años, sino que introdujeron un renovado vigor a la Iglesia: «La inmigración que llega al país, preponderantemente de origen latino y católico, la afirmó en sus raíces más genuinas y permitió a los inmigrantes y a sus hijos una integración que llevará a éstos a contribuir activamente en la formación del país de los argentinos con todas las características que nos son propias»18 .

 
 

Buenos Aires del siglo XXI

A mí se me hace cuento

que empezó Buenos Aires:

La juzgo tan eterna

como el agua y el aire19 .

15. Al hacer memoria agradecida de nuestras raíces, entendemos mejor nuestro modo de ser. La ciudad que nos alberga muestra los rostros de hombres y mujeres que nos recuerdan que descendemos tanto de los toldos como de los barcos, aunque por momentos no parecen reconocerse como de una identidad común. La diversidad cultural es riqueza y ofrece a la Iglesia un desafío que el Evangelio es capaz de iluminar. El Sínodo tiene que mirar su historia para comprender su presente y sacar de sus reservas las fuerzas que nos permitan salir al encuentro de nuevas realidades humanas que nos toca evangelizar.

16. Hoy la compleja ciudad de Buenos Aires es nuestro lugar en el mundo. Quienes vivimos y caminamos por ella no podemos desconocer que se dan contrastes dolorosos. Alternan clases sociales de alto poder adquisitivo con sectores carenciados, donde la pobreza muestra sus peores rostros en sectores más vulnerables. Basta ver como ícono los nuevos y deslumbrantes edificios de cristal al lado de viviendas muy precarias, en las que viven argentinos y conviven con hermanos paraguayos, bolivianos y peruanos. En ese medio social donde la marginalidad castiga especialmente a niños y jóvenes – alta deserción escolar, falta de empleos, adicciones y tentaciones con salidas fáciles–. Este contraste social hace que la falta de equidad para amplios sectores genere violencia, muchas veces causada por la ausencia de necesidades básicas para sobrevivir en un medio tan adverso e inhumano. No obstante, la fe cristiana anima a multitud de familias de uno y de otro sector de la población y son mayoría los que viven de un trabajo honrado y crean vínculos familiares permanentes en base al amor y a valores cristianos que transmiten a sus hijos. Como pastores queremos acercar la fuerza redentora del Evangelio que siempre tiende puentes solidarios que superan ampliamente a las ideologías. Los pobres y los más humildes, al decir de un Padre de la Iglesia, «son las joyas con que la Iglesia se adorna para presentarse ante su Señor»20 .

17. El Papa Francisco nos enseña: «Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga “su primera misericordia”. Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener “los mismos sentimientos de Jesucristo” (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una “forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia”. Esta opción –enseñaba Benedicto XVI– “está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”. Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sentido de la fe, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos»21 .

18. Convencidos de que no hay realidad urbana –social, cultural, laboral o humana en general–, a las que el Evangelio no pueda acudir, acompañar, iluminar y redimir, el Sínodo de la Iglesia que peregrina en Buenos Aires, quiere transitar todos los caminos del hombre y la mujer que comparten la vida y la fe en Dios, aunque más no sea para encontrarnos en los cruces de las calles y paseos para darles una Buena Noticia. Nos interesa escucharlos.

 

Acercarse, escuchar, observar y abrir el corazón a los hermanos

El Sínodo es una Iglesia de la escucha

con la certeza que escuchar es más que oír22

19. Una de las imágenes que nos regaló el Papa Francisco en el Sínodo de la Familia fue la de considerar a la Iglesia servidora «como una pirámide invertida, en la cual la cima se encuentra por debajo de la base y quienes ejercen la autoridad se llaman “ministros”: porque, según el significado originario de la palabra, son los más pequeños de todos»23. Fue el mismo Jesús que se presentó como el que no vino a ser servido sino a servir (Mc 10,45) y estar entre los discípulos «como el que sirve» (Lc 22,27). Con esta consigna queremos avanzar en el camino sinodal y ofrecer con humildad el servicio de la «escucha» a todos los bautizados. Se trata de «una escucha recíproca, en la cual cada uno tiene algo que aprender. Uno en la escucha de los otros y todos en la escucha del Espíritu Santo»24 .

20. Para el hombre religioso, la expresión «escuchar» la Palabra de Dios, no es solo prestar un oído atento, sino abrirle el corazón como lo hizo Dios con Tiatira, una cristiana del siglo primero: «El Señor le tocó el corazón para que aceptara las palabras de Pablo» (Hch 16,14), pero además, debe bajarla a las manos para que la fe se traduzca en obras de misericordia. San Pablo llama a esa «bajada» de la Palabra, «obediencia de la fe» (Rm 1,5; 10,14).

21. Dios se reveló por medio de su Palabra y pide que los hombres se abran a ella. En el lenguaje bíblico, «la fe –enseña San Pablo–, nace de la audición» (Rm 10,17). Dios envía a los profetas y ellos gritan al pueblo: «Escuchen esta palabra que el Señor pronuncia contra ustedes…» (Am 3,1; Jr 7,2). Cuando el justo israelita eleva su oración al Altísimo, reza: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4); y así la pronunció Jesús, al responder que ese era el primer mandamiento de la Ley, (Mc 12,29). El mismo Jesús comenzaba sus enseñanzas sobre el Reino captando la atención de sus oyentes: «¡Escuchen! El sembrador salió a sembrar…» (Mc 4,3).

22. Para escuchar bien a los hermanos hace falta reconocer que el único camino consiste en aprender a encontrarse con los demás, acercarse a sus vidas y sus cosas con la actitud adecuada, sin prejuicios y con un lenguaje claro y cordial, además de valorarlos y aceptarlos como compañeros de camino, sin resistencias internas25 .

23. María, habituada a escuchar y a conservar las palabras y gestos de Jesús en su corazón (Lc 2, 19. 51), es la perfecta discípula que nos acompañará en el camino sinodal. Fue Jesús quien reveló el sentido profundo de su maternidad cuando proclamó: «Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» (Lc 11,28).

 

El Pan de Vida como alimento para el camino sinodal

La Eucaristía es un modo de ser

que pasa de Jesús al cristiano

y, por su testimonio, tiende a irradiarse

en la sociedad y en la cultura26 .

24. El camino sinodal que emprendemos es de largo aliento y necesitamos de la fortaleza espiritual que solo nos viene de la gracia. Cuando el pueblo de Dios celebra la Eucaristía, escucha la Palabra de Dios y reconoce en el Evangelio la voz de Cristo, que preanuncia su presencia plena en la fracción del Pan que da la Vida al mundo, los peregrinos aclamamos: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34).

25. Siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos ante las grandes pruebas, la Iglesia que peregrina en Buenos Aires se siente impulsada a tomar de la Eucaristía lo que necesita para el camino sinodal. Si estamos abiertos a recibirlo, siempre habrá una oportunidad para encontrarnos con Él: «Mira que yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos» (Ap 3,20). Con Jesús de compañero de camino podremos escuchar y comprender mejor a nuestros hermanos y a lo que el Espíritu le dice a esta Iglesia particular (cfr. Ap 3,22).

26. En la intimidad de la comunión eucarística suceden cosas grandes en el interior de los fieles. Es ahí donde el Señor toca el corazón de sus amigos y los convierte a su Evangelio, es ahí donde se enciende la caridad pastoral y nos concede la gracia de ver a nuestros hermanos con su misma mirada compasiva y misericordiosa. Contemplar nuestra realidad urbana y sus habitantes con los ojos de Cristo, nos da una dimensión esperanzadora y nos anima a seguir trabajando para su causa.

27. El camino de nuestro Sínodo porteño tiene una sola dirección: de la Eucaristía a las periferias para encontrarnos con los más alejados. De esta manera podremos considerarnos una Iglesia «en salida».

 

Los tiempos, espacios y encuentros del Sínodo

El tiempo es superior al espacio.

La unidad prevalece sobre el conflicto27 .

28. El Sínodo durará un trienio –desde Pentecostés de 2017 hasta el Adviento de 2019– y la clausura, Dios mediante, coincidirá con la celebración del Jubileo de los 400 años del nacimiento de nuestra Arquidiócesis.

29. Se trata de un arduo trabajo, programado en tres etapas:

  • Este año 2017 estará dedicado al Espíritu Santo para que con sus sagrados dones podamos percibir los signos del Reino en la gran ciudad. Desde agosto a diciembre, nos ocuparemos de promover una consulta a todos los bautizados, escuchando las inquietudes y aun las críticas que desean expresar. La organización, desde el inicio, será responsabilidad de un Equipo de Animación Sinodal (EAS). Se trata de un grupo humano, integrado por laicos, sacerdotes y consagrados, representando a las cuatro Vicarías, acompañados de un obispo: ellos serán los que se echarán al hombro la coordinación de todas las actividades del Sínodo. Junto al EAS intervendrán otras personas para cubrir los diferentes temas: peritos en Sagrada Escritura, teólogos y pastoralistas, comunicación y prensa, ciencias sociales, cultura, arte y espiritualidad. 
  • El 2018 será un año dedicado a reconocer y contemplar el rostro de Jesús en el prójimo con quien compartimos la vida en Buenos Aires. El EAS, con la ayuda de peritos, tendrá la delicada tarea de discernir y ordenar las prioridades que surjan de la consulta y desde la solemnidad del Corpus 2018 hasta el Corpus 2019, el Sínodo desarrollará una intensiva tarea en grupos formados según las áreas pastorales que ya existen (Caritas, Salud, Educación, Catequesis, Liturgia, Niños, Adolescentes y Jóvenes, Pastoral Social, etc.) y de las que se deberán crear para encauzar las nuevas propuestas (Ecología urbana integral, Cultura, Arte, Evangelización por los medios virtuales, etc.). A su vez, este tiempo será acompañado por una seria reflexión y estudio del material recopilado, a cargo del grupo de peritos. 
  • El año 2019 lo dedicaremos a pedir luces para conocer la voluntad de Dios Padre en la vida y misión de la Arquidiócesis. El tiempo que va del Corpus a noviembre de 2019, el EAS y los equipos de peritos tendrán a su cargo elaborar las declaraciones y decretos que surjan de cada área pastoral y conformarán un documento que exprese con la mayor fidelidad el camino recorrido: certezas, orientaciones y conclusiones del trabajo sinodal, material que se dará a conocer a todo el pueblo de Dios, una vez que el Arzobispo las apruebe28 . 
  • En el 2020, con la alegría que nos viene de la fe, celebraremos el Jubileo del IV Centenario de la Arquidiócesis de la Santísima Trinidad y daremos gracias a Dios y a la Virgen del Buen Aire, por habernos bendecido con tantos frutos espirituales y pastorales en este tiempo, y por habernos permitido servir a su Iglesia y a su misión.

30. Tomamos como premisa el principio que nos enseñó el Papa Francisco, acerca de que el tiempo es superior al espacio, porque nos «permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad»29 .

31. También debemos tener en cuenta que, al ser nuestra primera experiencia sinodal, en los espacios creados para la comunión y el trabajo en común, no pocas veces y a causa de nuestra humana debilidad, se susciten apasionadas discusiones y disensos, los que habrá que superar por el camino del diálogo y la caridad cristiana. Por eso el segundo principio: la unidad prevalece sobre el conflicto, deberá formar parte de nuestro ideario cuando se nos convoque para ocupar una responsabilidad en el largo y laborioso camino del Sínodo. Nuevamente la enseñanza del Papa viene en nuestra ayuda: «Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. “¡Felices los que trabajan por la paz!” (Mt 5,9). De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda»30 .

32. Todos los bautizados están llamados a participar. Por eso, en cada encuentro sinodal –parroquias, movimientos, áreas pastorales–, después de exponer nuestras ideas con claridad y verdad, y para generar un clima evangélico fecundo que afirme nuestros vínculos fraternos, conviene tener presente el consejo de San Agustín: “En los temas opinables, libertad; en lo esencial, unidad; en todo momento, caridad”. Todos saldremos edificados y contentos si buscamos por medio del diálogo, el consenso deseado, superando el desánimo que causa la confrontación estéril.

 

El espíritu que debe animarnos

Padre de los pobres,

ven, Dador de los dones,

ven, luz de los corazones31 .

33. El Sínodo de Buenos Aires quiere ser un renovado impulso evangelizador. Pero sabemos, como lo enseñó el Beato Pablo VI, que «no habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo»32. Cuando toda la comunidad se ejercita en el diálogo sinodal, con la riqueza de la diversidad de sus miembros, debe disponerse a orar, escuchar, analizar, exponer con humildad y claridad sus ideas, para discernir y elegir el mejor camino diocesano para la misión. «San Juan Pablo en el inicio del nuevo milenio llamó a hacer de la Iglesia “la casa y la escuela de la comunión.” En ese marco propuso promover una espiritualidad de la comunión porque sin ese camino espiritual de poco servirían los instrumentos externos de la comunión, que podrían convertirse en meras máscaras sin corazón ni rostro»33 .

34. Al prepararnos para emprender este saludable ejercicio sinodal en Buenos Aires, que comienza por recorrer un camino interior, debemos retomar lo que nos han enseñado los Obispos argentinos en Navega Mar Adentro: «Antes de programar iniciativas concretas, es necesario promover una espiritualidad de comunión. Se trata de un principio educativo, un camino espiritual. Tiene su punto de partida en una actitud del corazón del varón y de la mujer que contempla el misterio de la Trinidad, manifestado en Jesucristo, reconoce su luz y su huella en los seres humanos y es capaz de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico como alguien que le pertenece, valorando todo lo bueno que Dios ha sembrado en él y dándole espacio en su propia vida. Desde una espiritualidad de comunión, toda obra pastoral se hace más verdadera y audaz, busca la raíz de su inspiración evangélica y se proyecta confiada para responder a las profundas esperanzas del mundo. Una auténtica espiritualidad de comunión nace de la Eucaristía. Ella colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano. No es casual que el término comunión se haya convertido en uno de los nombres específicos de este sublime sacramento. Del mismo modo, esta actitud del corazón se alimenta en la escucha constante de la Palabra de Dios, en la liturgia dominical, en la celebración gozosa del sacramento del perdón, en la oración personal y en la misma vida comunitaria con todas sus exigencias. La espiritualidad de comunión requiere de espacios originales e instituciones creativas, donde se eduque en la convivencia humana, con un estilo cordial y respetuoso»34 .

35. Precisamente, mientras promovemos esta deseada espiritualidad de comunión entre nosotros, pensamos que la sinodalidad diocesana –fundada en la naturaleza de la Iglesia local y en el sensus fidei (sentido de la fe) de todos los bautizados–, es el camino que puede generar nuevos procesos de comunión participativa y abierta para renovar la misión, que constituye el gran marco de este Sínodo de Buenos Aires.

36. La Iglesia pone en nuestras manos el Sínodo diocesano, un recurso ordinario que en la historia bimilenaria de la Iglesia ha dado numerosos frutos pastorales, espirituales, culturales y originales métodos de evangelización. Al asumir una convocatoria para su realización, es mi deseo que todos, rebaño y pastores, en un mismo espíritu, renovemos nuestra vocación apostólica, para que la misión se convierta en pasión entusiasta y nuestra Arquidiócesis asuma el modo de ser sinodal, para llevar a Cristo a todos los habitantes de nuestra querida ciudad.

 

Cuento con la ayuda de Dios y con la de todos ustedes

A ti, Señor, elevo mi alma,

Dios mío, yo pongo en ti

mi confianza. (Salmo 25)

37. Concluyo estas páginas con un sentido agradecimiento a mis hermanos obispos auxiliares: Joaquín, Enrique, Ernesto, Alejandro, Juan Carlos y José María, quienes asumieron esta moción del Espíritu Santo como propia, a pesar de que me resulta difícil traducir lo que Él me dictaba interiormente, como sucede con sus inspiraciones. Mis sentimientos de gratitud van dirigidos también a los sacerdotes, consagrados y laicos, en especial al renovado Consejo Presbiteral (2017-2019), que aprobó la propuesta de realizar el I Sínodo Arquidiocesano que hoy convocamos. No es menos importante la buena recepción que pude comprobar cuando visité las comunidades parroquiales, pastorales especiales y numerosos movimientos, los que en su conjunto expresan la variada riqueza con la que cuenta la Iglesia para asumir los desafíos de la evangelización de Buenos Aires. Tuve la percepción que al encontrarme con ellos en pequeños o grandes grupos de laicos, la recepción de los participantes daban a mis pobres presentaciones una proyección insospechable y un entusiasmo que yo no hubiese imaginado. Es algo así como acercar una chispa y activar un volcán de ingeniosas propuestas. En muchos va despertando un notable entusiasmo por participar en el camino que deseamos emprender. Esa intuición laical la atribuyo al «sentido u olfato de la fe» que todo bautizado pone al servicio de la misión de la Iglesia y sabe distinguir lo que viene de Dios.

38. Uno de los primeros encuentros lo tuve con los seminaristas y formadores de nuestro Seminario Mayor Inmaculada Concepción. Los jóvenes que se preparan al ministerio ordenado escucharon, preguntaron y participaron activamente con auténtico interés pastoral. Percibí que el anuncio del Sínodo les abría una imagen de la Iglesia que van a vivir cuando sean ordenados, al menos, así lo señala el Papa Francisco: «Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio»35 .

39. Conocemos nuestras limitaciones y somos conscientes de que cualquier iniciativa pastoral debe ser humilde y sin más pretensión que la de colaborar a la obra de Dios, el que nos permite trabajar de aprendices en las cosas del Reino. Nos anima y consuela la voz paternal del Papa Francisco que nos dice cómo tenemos que caminar: «No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos»36 .

40. Con ese deseo invocamos la protección de Nuestra Señora de los Buenos Aires y la intercesión de San Martín de Tours, patrono misericordioso, para pedirle que nada nos sea indiferente de los hermanos que encontremos en el camino sinodal.

    El Señor los bendiga y consuele.

   En Buenos Aires, sede de la Arquidiócesis de la Santísima Trinidad, domingo 4 de junio de 2017, en la Solemnidad de Pentecostés.

    Mario Aurelio Cardenal Poli

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