"Recemos por los médicos y el personal humanitario presente en zonas de guerra, que arriesgan su propia vida para salvar la vida de los otros.”.

 

                                                                                                Papa Francisco - Abril 2019

 

 

 

¡Gracias Padre Alberto!

mar 11, 2019

El sembrador salió a sembrar una semilla. Cayó en tierra fértil, brotó y produjo fruto al ciento por uno. (Lc. 8, 5-8)

P. Alberto, hemos recorrido juntos 18 años, hemos crecido juntos: algunos estamos desde siempre, otros se han ido,  muchos otros  se fueron sumando en estos años,  aquellos chicos a quienes les diste la Primera Comunión o hicieron su Confirmación, hoy son catequistas o dirigentes, los dirigentes de hace 18 años, hoy traen  a sus hijos al Campito o a la Catequesis… Son tantos años, tanta vida vivida y compartida que es difícil resumirlo en unos pocos pensamientos, sin embargo lo intentamos  y por eso, hoy queremos regalarte esta  historia  que el Señor quiso que se entrelazara con la nuestra: la historia del P. Alberto , el Cura de la Vida..

 

“Antes de formarte en el vientre materno, ya te conocía”  Is  1,5

 Nació en el barrio porteño de Mataderos. Aprendió de sus padres, descendientes de    inmigrantes italianos, el amor y el respeto por la familia y el orgullo por sus raíces. En su hogar descubrió a Dios, especialmente de la mano de la Nonna Gina,  de quien él mismo cuenta que le enseñó a rezar. 

Mientras transcurría la  infancia y  adolescencia entre juegos con los primos, las reuniones familiares de los domingos, el olorcito del pan casero, la cestería del Nonno Fortunato, que le diera su segundo nombre, y los veranos en el mar junto a sus padres y hermana, “el niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría y  la gracia de Dios estaba con él” Lc  1, 40. 

 

Una fuerte vocación religiosa se instaló en su corazón e ingresó al Seminario dispuesto a consagrar su vida al sacerdocio.  “Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero” y “Por la gracia de Dios. Soy lo que soy”

El 12 de octubre de 1984 se ordenó Sacerdote de Cristo,  dando los primeros pasos en la Parroquia Luján Porteño donde celebró su primera misa.

Después, San Cristóbal,  años más tarde,  dos grandes desafíos ocuparon de lleno su Ministerio: San Ramón Nonato y Santa Rosa   de Lima, dos Parroquias distintas pero con un común denominador: la devoción por la Vida.

San Ramón sorprendió a aquel curita joven, con la responsabilidad de la dirección de la Parroquia, tenía por entonces 29 años y ya era Párroco. Sin embargo no dejó de conmoverse  ante la revelación  del amor de Dios en la vida humana a través del milagro de la maternidad.

Santa Rosa lo recibió  en el año 2001, con un país desbastado  y una sociedad  herida frente una de  las crisis económicas más difíciles de la historia.

 

Qué misión le tendría reservada El Señor en este nuevo destino, en medio de “esta noche oscura del alma”?, parafraseando a San Juan de la Cruz.

Las respuestas no  tardaron en llegar: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”  y desde entonces y durante estos dieciocho años, el Padre Alberto Sorace no se detuvo jamás.

“No duerme ni reposa el guardián de Israel”, sorteando dificultades, creando  proyectos superadores, desvelándose por dejar en su Parroquia el sello indeleble del Evangelio y de una espiritualidad que llenara de Dios el corazón de los fieles.

La primera respuesta la encontró en el Campito, “milagro urbano” donde, a pesar de la crisis y el desaliento,  la vida florecía. “Pulmón del barrio”, donde se respira a Dios, “Patio del barrio” lleno de alegría, risas de chicos,  encuentro fraterno. 

Muy inteligente, creativo, pensante, inconformista por naturaleza, siempre apostando por avanzar un paso más en favor del bien común.  Crítico innato, de  su Parroquia, de la sociedad, del país, de sí mismo, buscó las esencias más allá de las formas para tomar las decisiones más beneficiosas para la Comunidad.

Comprometido con los problemas de su tiempo y sensible a las demandas sociales, atravesó el desastre de Cromañon con profundo dolor. Acompañó, no  solo como sacerdote, sino como amigo, a las familias destrozadas  por semejante tragedia. Tampoco fue ajeno ante la delicada situación de una de las instituciones más importantes del barrio: El Centro Gallego, intercediendo ante las autoridades, preocupado por la suerte de sus empleados  y de los allí asistidos, también les abrió las puertas de la Parroquia a entidades como Alcohólicos Anónimos,  Naranon y el Grupo Renacer,  en apoyo a la importante tarea humanitaria que éstas realizan.

Difundió la tarea pastoral en los Colegios  incentivando la catequesis para la Primera Comunión y la Confirmación y en los Geriátricos acercándoles a los abuelos la ternura de Jesús en la Eucaristía y brindándoles afectuosa compañía con sus charlas y visitas.

Siempre a la vanguardia de los grandes cambios, flexibilizó  estructuras y   permitió a los laicos una participación más comprometida y activa en la vida parroquial y antes de  que el  Papa Francisco proclamara a la “Iglesia en salida”, él ya había impuesto la modalidad de celebrar la misa del domingo de Ramos en la Plaza del barrio, representar el pesebre viviente en sus esquinas más concurridas y adornarlo con hermosas mayólicas de santos , sorprendiendo al transeúnte distraído con la invitación a detenerse un instante para rezar, en medio del trajín cotidiano.

Su gran debilidad: los niños, para ellos todo;  su preocupación constante: los jóvenes, cómo  procurar recursos y actividades para alejarlos de las adicciones y acercarlos a Jesús: verdadero sentido de la vida.  El respeto por los  mayores, dándoles un merecido lugar en la Parroquia, permitiendo actividades con las que se sintieran  activos y vitales.

Su mayor sueño: mostrar una Iglesia viva, dinámica, en camino y en cambio constante. La vida…., siempre la vida…. Los niños, los jóvenes, las familias,  los abuelos, la Comunidad toda en sintonía.

Otra de sus  prioridades fue mantener el Templo bellamente pulcro. Comprendió que Dios lo había elegido como instrumento para mostrar su Amor, al regalarnos este lugar sagrado donde conviven arte,  historia y espiritualidad. Y él supo enlazar con sabiduría la majestuosidad de un edificio hermosamente construido con las fervorosas manifestaciones de cariño que surgían de los devotos de Santa Rosa y del amor de una Comunidad  estrechamente unida a su Patrona.

Su máximo desvelo: los pobres, junto con el bolsón de alimentos de Cáritas, o el plato de comida de los sábados en el Comedor de El Campito, su anhelo era devolverles la dignidad que toda persona merece por haber sido creada a imagen y semejanza de Dios.

Por eso, los talleres de El Campito, la Escuela de Oficios, el Apoyo Escolar,  los almuerzos navideños, el buffet, el rinconcito de los artesanos, siempre imaginando, siempre procurando espacios donde no existieran las diferencias,  donde no reinaran los celulares ni el individualismo, donde no importara de donde viniéramos, si de la calle, si de un país extranjero o de una “casa tomada”, sino que lo único verdaderamente importante fuera la mirada misericordiosa que incluye , que contiene, que ama.

Amigo de la música (rescató y mantuvo impecable el órgano original del templo), del  canto, de la pintura, del  cine y admirador de los artesanos, por su capacidad de transformar  la materia informe con el trabajo y el amor de sus manos,  le dio a la piedad popular un matiz diferente a través del arte y así la Basílica,  por dentro y por fuera,  se pobló de vistosos mosaicos : El Negro Manuel venerando a María de Luján, los retratos del Cura Brochero, de Santa Rosa, de la Madre Teresa,  de San Martín de Porres, San Pío,  el pozo de los deseos y el Pesebre permanente donde humanidad y divinidad se funden en recíproca armonía.

La coronación de su obra fue el Tepeyac. Movido por el misterio guadalupano, su espíritu inquieto, atento siempre al mensaje divino, hizo  que transformara la cúpula de la Basílica en un hermoso espacio de oración y recogimiento. Cerca del cielo, un lugar para el encuentro íntimo con La Madre y  con Jesús.

En continúo peregrinar, su reciente visita a Lima le permitió ahondar aún más sobre el misticismo de Santa Rosa, se dejó conmover e interpelar por  ese  dulce rostro aniñado, dándole un sentido renovado a la devoción por la Santa, y fiel a su búsqueda incansable, nos regaló una nueva devoción: el Doctorcito de Santa Rosa.

 

El sembrador salió a sembrar una semilla.

Cayó en tierra fértil, brotó y produjo fruto al ciento por uno.

(Lc. 8, 5-8)

 

Dieciocho años de sueños, dificultades, esfuerzos, algunos desencantos, mucho trabajo,  mucho amor…

Su misión pastoral en Santa Rosa fue inyectar Vida, en cualquiera de sus expresiones, formas y sentimientos, a una Comunidad tan diversa, tan ecléctica como la hermosa arquitectura del Templo que la cobija.

Sembró semillas que dieron fruto abundante y flores perfumadas, que abrieron surcos en la tierra a través de  raíces robustas y  otras que todavía siguen germinando….. para asomar, algún día, a la vida.

Y como dice el poeta:

Si para recobrar lo recobrado

debí perder primero lo perdido,

si para conseguir lo conseguido

tuve que soportar lo soportado,

 

si para estar ahora enamorado

fue menester haber estado herido,

tengo por bien sufrido lo sufrido,

tengo por bien llorado lo llorado.

 

Porque después de todo he comprobado

que no se goza bien de lo gozado

sino después de haberlo padecido.

 

Porque después de todo he comprendido

por lo que el árbol tiene de florido

vive de lo que tiene sepultado.

                                                                                                                            Francisco Luis Bernárdez

 

Gracias Padre Alberto, la Comunidad de Santa Rosa, te agradece por todos estos años de Vida, por enseñarnos que a Dios se lo encuentra en el silencio de la oración contemplativa y en el bullicio de las tardes compartidas en el Campito y en aquellos que llegan a las puertas de Cáritas por un abrigo, un alimento o una taza de mate cocido;   por mostrarnos a un Dios  cercano y amigo, que camina a nuestro lado , sin juzgarnos, sin excluirnos , que nos abraza y que nos ama.

Que Dios siga bendiciendo tu sacerdocio y que siga siendo fecundo donde sea que Él te necesite.